No acostumbro a escribir sobre quien no conozco, pero hoy he de hacer una excepción, ya que con un nombre, una voz grave, profunda y amable, con ojos de fantasioso detrás de unos lentes redondos, que te hablan sobre historias, sobre educación y sobre soñar con ser niños.
Que creía que las ciudades son señoras locas, con dolor y llenas de amor, que imaginan y que como el ave fénix nacen, mueren y vuelven a nacer; un hombre que al verle me recordó a “Jaimito el cartero”, viejo, inquieto, inocente, amoroso; que dio su vida por soñar como los niños, por defender la enseñanza, algo que es lo único que nos queda al final de este largo viaje, que cuestiono una educación llena de cárceles, de prohibiciones que te obliga a dejar de soñar, dejar de ser creativos, cuestionar lo que nos rodea; que nos recordó que tratamos de “desasearnos” de eso que nos hace soñar, desear y anhelar, eso que nos impulso a llegar donde hemos llegado, que nos hizo creer. Que sin importar los años, seguimos siendo niños, temerosos, tímidos, críos que juegan a gobernar países, construir puentes, diseñar edificios; niños que sueñan con ser grandes pero que cuando crecen, olvidan ese sueño que hasta allí les llevo.
Puedo asegurar que en muchas ocasiones, quisimos volver a ser niños, para no temer con los monstruos que creamos al crecer, a veces queremos ser niños para meternos entre nuestras cobijas. Escondernos de ese niño que nos hacia muecas o pensar que mañana será otro día para jugar y que así pasaran nuestros días, ansiar que ya sea de mañana para divertirnos en la escuela, con nuestros amigos, y no lamentarnos porque hemos de ir aun trabajo que nos tortura y nos hace sentir tristes.
Debo admitir que no soy muy bueno con los niños, ¿pero qué más da?… son niños, tienen derecho a preguntar, cuestionar a ver el mundo de chocolate, vainilla, cereza, arequipe, fresa etc. Son ellos quienes con preguntas simples o acciones sencillas, nos hacen enternecer hasta el punto de desear ser como ellos y no sufrir tanto, con el policía que asesina, el militar que tortura y el subversivo que secuestra; cuando éramos niños, la única muerte que contemplábamos era la de nuestro deseo de no poder salir a jugar, porque llovía y estábamos enfermos, torturábamos a punta de cosquillas y nos dejábamos torturar para morir de risa, y nuestro secuestro solo era el que ocurría cuando nos llevábamos las sonrisas de nuestro compañeros de juegos o la de esos ojos hermosos que se había convertido en el cielo para nuestros avioncitos de papel, pues eran solo nuestras, eran sonrisas de niños.
Justo cuando pensé esto, pensaba que recordamos a nuestros héroes, solo cuando cierran sus ojos para siempre; los héroes en Colombia, en Latinoamérica, en el mundo, no andan con fusiles, ni defendiendo los intereses monetarios de unos pocos; los héroes a veces se visten de regordetes, de narradores de historias, de educadores, de abuelos educadores, de los hijos de los nadies , se visten de escritores de bellas fabulas, de amor inocente, ese que no pide nada a cambio más que una sonrisa, los héroes se visten de humanidad, de niñez, se visten de Jairo Aníbal niño.
Adiós gran héroe de Fabulas, educador de críticos, de pensantes, abuelo comprensivo de los hijos de la pobreza, critico de una sociedad, que en busca de su madurez, tiñe la realidad de tonos grises, una sociedad que debería soñar con aviones de papel, con muchos arcoíris de sabores y colores, con que jugar a las escondidas es tan solo un juego, donde todos ganan pues todos son felices, ya que todos recuerdan lo que significa ser niños al crecer.
Al Abuelo educador de los hijos de los nadie (homenaje postumo a Jairo Aníbal Niño)
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